Pensemos en un niño que está aprendiendo a andar en bicicleta.

Al principio se tambalea. Mira hacia abajo. Mueve demasiado el manubrio. Pierde el equilibrio, pone un pie en el suelo y vuelve a intentarlo.

Después de muchos intentos, algo empieza a cambiar. Corrige la dirección antes de perder el equilibrio, pedalea con más ritmo y comienza a mirar hacia adelante. Poco a poco realiza ajustes que nadie necesita explicarle uno por uno.

¿Qué está aprendiendo: su cuerpo o su cerebro?

No necesitamos separarlos. Lo que está aprendiendo es a moverse, y en ese aprendizaje participan juntos el cuerpo y el sistema nervioso.

El cerebro guía al cuerpo. El cuerpo también enseña al cerebro

Solemos imaginar el movimiento como una orden que comienza en el cerebro y termina en los músculos. Esa parte es real, pero es solo la mitad de la historia.

Mientras nos movemos, el cuerpo envía continuamente información de regreso al sistema nervioso sobre:

  • la posición de cada parte del cuerpo;
  • el equilibrio;
  • el contacto con el suelo, los objetos y las superficies;
  • el resultado del movimiento;
  • lo que ocurre en el entorno;
  • la diferencia entre lo que esperábamos y lo que realmente ocurrió.

El sistema nervioso utiliza esa información para ajustar los movimientos siguientes. Por eso la investigación describe el aprendizaje motor como un proceso en el que los sistemas sensoriales y motores trabajan juntos, y no como una simple cadena de órdenes que va en una sola dirección (Wolpert et al., 2011). Incluso se ha observado que aprender un movimiento puede modificar también la manera en que percibimos nuestro propio cuerpo (Ostry y Gribble, 2016).

Moverse también es sentir

Para movernos utilizamos información que llega del cuerpo y del entorno. Por ejemplo:

  • La vista, que nos ayuda a ubicar objetos, distancias y obstáculos.
  • La propiocepción, que nos informa sobre la posición y el movimiento de nuestro cuerpo, incluso con los ojos cerrados (Proske y Gandevia, 2012).
  • El sistema vestibular, ubicado en el oído interno, que participa en el equilibrio y en la percepción de los movimientos de la cabeza.
  • El tacto, que nos informa sobre el contacto con el suelo, los objetos y las superficies.

Para mantener el equilibrio, por ejemplo, el sistema nervioso combina información visual, vestibular y del propio cuerpo, y ajusta cuánto depende de cada una según la situación (Peterka, 2002).

La idea es sencilla: moverse requiere recibir e integrar información del cuerpo y del entorno.

El ciclo del aprendizaje motor

Cuando aprendemos un movimiento nuevo, suele repetirse un ciclo como este:

  1. Percibe: observa, siente dónde está su cuerpo y qué hay a su alrededor.
  2. Intenta: pone en marcha el movimiento.
  3. Recibe información: nota qué ocurrió; si llegó, si perdió el equilibrio, si fue demasiado rápido o demasiado lento.
  4. Ajusta: cambia algo para el siguiente intento.
  5. Vuelve a intentar: y el ciclo comienza de nuevo.

Este ciclo no es un método ni una técnica especial. Es una forma general de describir cómo aprendemos habilidades motoras, un proceso que la investigación ha estudiado durante décadas (Krakauer et al., 2019).

Equivocarse también proporciona información

Cuando un movimiento no sale como esperábamos, esa diferencia también genera información. El sistema nervioso puede utilizarla para hacer ajustes en el siguiente intento. En investigación, una parte de este proceso se estudia mediante conceptos como el error de predicción sensorial (Shadmehr et al., 2010; Tseng et al., 2007).

Pensemos en un niño que intenta mantener el equilibrio al caminar sobre una línea en el suelo. Se inclina demasiado hacia un lado y pierde estabilidad. Esa experiencia le da información sobre lo que ocurrió. En el siguiente intento ajusta la posición de los brazos o la velocidad, y vuelve a intentarlo.

Equivocarse no es simplemente fallar. También puede ser una oportunidad para aprender.

Esto no significa que haya que buscar el error ni restar importancia a la seguridad. Las actividades deben ser adecuadas para cada niño y realizarse en un entorno seguro. Significa que los intentos que no salen como esperábamos también forman parte del proceso de aprender.

¿Qué es la neuroplasticidad?

La neuroplasticidad es la capacidad del sistema nervioso de modificar su funcionamiento y su organización en respuesta a la experiencia, la práctica y el aprendizaje.

El aprendizaje de habilidades motoras se ha relacionado con cambios funcionales y estructurales en distintas redes del sistema nervioso (Dayan y Cohen, 2011). En un estudio con adultos, por ejemplo, aprender a hacer malabares durante tres meses se acompañó de cambios medibles en la materia gris de regiones relacionadas con el procesamiento visual del movimiento, y esos cambios disminuyeron parcialmente cuando las personas dejaron de practicar (Draganski et al., 2004).

Estos hallazgos son valiosos, pero conviene leerlos con cuidado: muestran que el sistema nervioso se adapta con la experiencia, no que exista una actividad capaz de cambiarlo de forma rápida o predecible.

¿El movimiento crea conexiones en el cerebro?

Es una pregunta frecuente, y es comprensible. La realidad es más interesante y más compleja.

Las neuronas se comunican a través de las sinapsis. La eficacia de esa comunicación puede modificarse con la actividad y la experiencia; a este fenómeno se le llama plasticidad sináptica, y se considera uno de los mecanismos biológicos relacionados con el aprendizaje y la memoria (Citri y Malenka, 2008).

Por eso es más preciso decir que aprender implica cambios en la manera en que las redes neuronales procesan y transmiten información. Esos cambios ocurren en distintos niveles, dependen de muchos factores y no se producen de forma automática con cada movimiento.

La práctica importa

Aprender habilidades motoras requiere oportunidades de experiencia y de práctica. Pero no se trata solamente de repetir más.

El aprendizaje también depende de:

  • las características de cada persona;
  • la tarea que se está aprendiendo;
  • el contexto en el que se practica;
  • la información o retroalimentación que se recibe;
  • la motivación;
  • el descanso;
  • la oportunidad real de practicar.

Por ejemplo, la motivación y la forma en que se dirige la atención pueden influir en el aprendizaje motor (Wulf y Lewthwaite, 2016), y en adultos se ha observado que el sueño contribuye a consolidar lo practicado (Walker et al., 2002). La práctica importa, pero también importa la manera en que ocurre (Krakauer et al., 2019).

Las oportunidades de experiencia importan

Si el sistema nervioso aprende mediante la experiencia, entonces las oportunidades de experiencia importan.

En el artículo El movimiento también es desarrollo → hablamos de cómo correr, jugar, trepar, caerse, levantarse y explorar proporcionan experiencias de movimiento durante la infancia, y de por qué no todos los niños tienen el mismo acceso a ellas.

Cada niño parte de un lugar diferente

Los principios generales del aprendizaje motor aplican a todas las personas, y nos recuerdan por qué las oportunidades de movimiento son importantes también para niños y jóvenes autistas.

Cada niño tiene características, experiencias y necesidades diferentes. Algunos disfrutan especialmente el movimiento; otros pueden necesitar más tiempo, otro tipo de apoyo o un entorno distinto para participar. Lo importante no es asumir cómo aprenderá cada uno, sino ofrecer oportunidades apropiadas para experimentar, practicar y desarrollar habilidades.

Como vimos en el primer artículo, participar no siempre es igual de sencillo. Por eso crear oportunidades accesibles también forma parte de acompañar el desarrollo.

Movimiento, experiencia y Blue Strenght

En Blue Strenght esta idea nos recuerda algo fundamental: el movimiento no termina en los músculos.

Cada oportunidad de explorar, intentar, recibir información, ajustar y volver a intentar también puede convertirse en una experiencia de aprendizaje. Por eso buscamos ofrecer oportunidades de movimiento adaptadas a cada alumno, en un entorno seguro y a su propio ritmo.

Moverse, sentir y aprender

Aprender a moverse no es solo cumplir órdenes que van del cerebro a los músculos. Es un diálogo constante entre lo que intentamos, lo que sentimos y lo que ajustamos.

Cada oportunidad de moverse es también una oportunidad de experimentar, recibir información y aprender.

El cerebro guía al cuerpo. El cuerpo también enseña al cerebro.